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De olvidos, memorias y equilibrios

Abr 30 2008 JMiur
Caminé hasta el borde. Llegué al límite exacto. Usando telémetros, giróscopos y mapas de colores, la marqué sobre la tierra y la dibujé con puntos y rayas como debe marcarse cualquier frontera.

Miré mi obra y me sentí satisfecho.

Caminé hacia ella. Puse un pie en un lado, puse el otro en el lado opuesto. Estaba en el centro mirando hacia adelante la línea punteada que se extendía hasta el horizonte.

Giré 180 grados. Verifiqué que mis pies estuvieran en la posición exacta, equidistantes uno del otro. La cabeza en el centro, justo en el punto de equilibrio. Levanté la vista y la línea se extendía hacia adelante, exactamente igual que antes.

Miré hacia la derecha. El paisaje no me era familiar pero no tenía nada de particular. Miré hacia la izquierda; todo era igual o tan distinto como el otro lado. Decidí que era hora de hacer la prueba final. Cerré los ojos y empecé a girar. Giré y giré y giré y giré y giré hasta caer de rodillas.

Con esfuerzo, me erguí y, como pude, coloqué mi pie derecho en un lado y mi pie izquierdo en el otro. Esperé a que el mareo cediera y levanté la vista.

La línea se extendía perfecta hasta donde podía distinguirla. Miré a la derecha: el paisaje no había cambiado. Mire a la izquierda: todo igual. Sólo había una diferencia: no sabía cuál era cuál. Desorientado, ya no había puntos de referencia que me guiaran, no sabía si mi izquierda era mi derecha o mi derecha mi izquierda. Caminé unos pasos por la línea pero nada me resultaba familiar. Intenté olisquear el aire y tratar de reconocer algún aroma pero el olor era el mismo de los dos lados.

Entonces, entendí que la línea era inútil y que no quedaba más remedio que quitarla para que todo volviera a la normalidad.

Con esfuerzo, la fui borrando y al cabo de un tiempo más o menos considerable, ya no quedaban ni rastros de la frontera.

Volvía a mirar una última vez. Me afirmé en el suelo, en cualquier parte ya que ahora no tenía nada que me guiara y giré la cabeza en todas direcciones solo para confirmar que a cualquier parte que mirara, el paisaje era siempre más o menos el mismo, más o menos distinto.

Decidí volver pero ¿hacia dónde caminar? No importa, me dije, yendo hacia cualquier parte, inevitablemente, en algún momento, llegaré a mi casa y total, al fin de cuentas, no tenía ningún apuro.

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