Insomnio sin hache
Aparecen cada tanto en medio de una modorra que no llega a concretarse para recordarnos que nos pertenecen porque nosotros les pertenecemos … para siempre.
Vienen a hurgar viejas heridas como hienas insaciables en una selva infernal, recomienzan los juegos, hacen trampa, se esconden justo cuando estamos a punto de aniquilarlos.
Nos someten a sus designios, nos manejan, nos permiten imaginar que, por esta vez, el triunfo es nuestro: que la vida es otra, que las cosas son como podrían ser, y no fueron.
Se burlan a coro, se entusiasman con nuestras caídas, con eso que sólo es desesperación: Si yo fuera … si yo hubiera … si yo volviera …
No es, al fin de cuentas, nada más que una molestia pasajera, algo que una taza de algo caliente puede terminar por diluir pero, la resaca queda.
Los ojos por fin se cierran y el cansancio nos vence. Llega el sueño y otra noche de insomnio no suma ni resta nada. Mañana sólo los fantasmas serán distintos.








