Aquel hombre sólo necesitaba erguirse y alzar la vista que muy raramente apartaba del suelo para contemplar extasiado la maravilla que se desarrollaba ante sus ojos y pensar en que todo aquel derroche de poder divino había sido creado para su exclusivo provecho.
Pero su éxtasis no duraba mucho tiempo, por más que se empeñara llegaba siempre aquel momento impredecible y temido en que debía abrir los ojos y volver a contemplar las baldosas sucias sobre las que sus pies jamás dejaban ninguna huella visible.
Entonces, la vida, la muerte, el temor o la alegría volvían a ser mucho más que palabras, cosas tan tangibles como las paredes, cosas que permanecían rondándolo como buitres hambrientos, esperando el momento oportuno para descargarse sobre aquel cuerpo endeble y enfermizo en el que su alma se había instalado definitivamente y al que no podía abandonar porque no tenía ninguna seguridad que más allá le fuera devuelto.
En realidad, todo eso no existía más que en su mente, en su imaginación y tal vez en su deseo, pero no podía decirse que fuera real. La realidad era otra cosa. El suelo frío y duro sobre el cual se apoyaban eso pies que eran el final o el principio; las paredes vacías, desnudas, ásperas y agresivas que podía escarbar o golpear pero no atravesar; la puerta permanentemente cerrada, invitándolo a cruzarla y a escapar pero, al mismo tiempo, gritándole que su lugar estaba adentro y no afuera; y por supuesto, aquella pequeña ventana a través de la cual sorbía unas pequeñas migajas de alivio cada tanto, y que le seguía recordando que más allá de sus manos extendidas continuaba el mundo.
Mundo era una hermosa palabra. Cinco letras que podían expresar un universo completo o todo eso que podía caber en su puño cerrado o en esas cuatro paredes.
Aquel hombre sólo necesitaba erguirse y alzar la vista que muy raramente apartaba del suelo para contemplar extasiado la maravilla que se desarrollaba ante sus ojos y pensar en que todo aquel derroche de poder divino había sido creado para su exclusivo provecho.
Pero su éxtasis no duraba mucho tiempo, por más que se empeñara llegaba siempre aquel momento impredecible y temido en que debía abrir los ojos y volver a contemplar las baldosas sucias sobre las que sus pies jamás dejaban ninguna huella visible.
Entonces, la vida, la muerte, el temor o la alegría volvían a ser mucho más que palabras, cosas tan tangibles como las paredes, cosas que permanecían rondándolo como buitres hambrientos, esperando el momento oportuno para descargarse sobre aquel cuerpo endeble y enfermizo en el que su alma se había instalado definitivamente y al que no podía abandonar porque no tenía ninguna seguridad que más allá le fuera devuelto.
En realidad, todo eso no existía más que en su mente, en su imaginación y tal vez en su deseo, pero no podía decirse que fuera real. La realidad era otra cosa. El suelo frío y duro sobre el cual se apoyaban eso pies que eran el final o el principio; las paredes vacías, desnudas, ásperas y agresivas que podía escarbar o golpear pero no atravesar; la puerta permanentemente cerrada, invitándolo a cruzarla y a escapar pero, al mismo tiempo, gritándole que su lugar estaba adentro y no afuera; y por supuesto, aquella pequeña ventana a través de la cual sorbía unas pequeñas migajas de alivio cada tanto, y que le seguía recordando que más allá de sus manos extendidas continuaba el mundo.
Mundo era una hermosa palabra. Cinco letras que podían expresar un universo completo o todo eso que podía caber en su puño cerrado o en esas cuatro paredes.

Le tomó varios minutos comprender que aquella ventana era una fina línea que separaba la locura de la cordura y que aquel racionamiento que se había autoimpuesto, no era en vano. Por primera vez había cruzado la línea y en el otro lado habitaba un animal hambriento, listo para clavarle sus garras afiladas y destrozarle la precaria piel que apenas alcanzaba para protegerlo del frío y del calor.

Le tomó varios minutos comprender que aquella ventana era una fina línea que separaba la locura de la cordura y que aquel racionamiento que se había autoimpuesto, no era en vano. Por primera vez había cruzado la línea y en el otro lado habitaba un animal hambriento, listo para clavarle sus garras afiladas y destrozarle la precaria piel que apenas alcanzaba para protegerlo del frío y del calor.

