La ventana y el paisaje

Sobre el fondo permanentemente gris de aquel cielo plomizo, los días en que el sol se atrevía a despuntar entre las líneas rigurosas de los altos edificios, era posible distinguir un pequeño grupo de árboles ennegreciendo el paisaje con sus ramas de hojas diminutas.

Aquel hombre sólo necesitaba erguirse y alzar la vista que muy raramente apartaba del suelo para contemplar extasiado la maravilla que se desarrollaba ante sus ojos y pensar en que todo aquel derroche de poder divino había sido creado para su exclusivo provecho.

Pero su éxtasis no duraba mucho tiempo, por más que se empeñara llegaba siempre aquel momento impredecible y temido en que debía abrir los ojos y volver a contemplar las baldosas sucias sobre las que sus pies jamás dejaban ninguna huella visible.

Entonces, la vida, la muerte, el temor o la alegría volvían a ser mucho más que palabras, cosas tan tangibles como las paredes, cosas que permanecían rondándolo como buitres hambrientos, esperando el momento oportuno para descargarse sobre aquel cuerpo endeble y enfermizo en el que su alma se había instalado definitivamente y al que no podía abandonar porque no tenía ninguna seguridad que más allá le fuera devuelto.

En realidad, todo eso no existía más que en su mente, en su imaginación y tal vez en su deseo, pero no podía decirse que fuera real. La realidad era otra cosa. El suelo frío y duro sobre el cual se apoyaban eso pies que eran el final o el principio; las paredes vacías, desnudas, ásperas y agresivas que podía escarbar o golpear pero no atravesar; la puerta permanentemente cerrada, invitándolo a cruzarla y a escapar pero, al mismo tiempo, gritándole que su lugar estaba adentro y no afuera; y por supuesto, aquella pequeña ventana a través de la cual sorbía unas pequeñas migajas de alivio cada tanto, y que le seguía recordando que más allá de sus manos extendidas continuaba el mundo.

Mundo era una hermosa palabra. Cinco letras que podían expresar un universo completo o todo eso que podía caber en su puño cerrado o en esas cuatro paredes.

La ventana y el paisaje

x
Sobre el fondo permanentemente gris de aquel cielo plomizo, los días en que el sol se atrevía a despuntar entre las líneas rigurosas de los altos edificios, era posible distinguir un pequeño grupo de árboles ennegreciendo el paisaje con sus ramas de hojas diminutas.

Aquel hombre sólo necesitaba erguirse y alzar la vista que muy raramente apartaba del suelo para contemplar extasiado la maravilla que se desarrollaba ante sus ojos y pensar en que todo aquel derroche de poder divino había sido creado para su exclusivo provecho.

Pero su éxtasis no duraba mucho tiempo, por más que se empeñara llegaba siempre aquel momento impredecible y temido en que debía abrir los ojos y volver a contemplar las baldosas sucias sobre las que sus pies jamás dejaban ninguna huella visible.

Entonces, la vida, la muerte, el temor o la alegría volvían a ser mucho más que palabras, cosas tan tangibles como las paredes, cosas que permanecían rondándolo como buitres hambrientos, esperando el momento oportuno para descargarse sobre aquel cuerpo endeble y enfermizo en el que su alma se había instalado definitivamente y al que no podía abandonar porque no tenía ninguna seguridad que más allá le fuera devuelto.

En realidad, todo eso no existía más que en su mente, en su imaginación y tal vez en su deseo, pero no podía decirse que fuera real. La realidad era otra cosa. El suelo frío y duro sobre el cual se apoyaban eso pies que eran el final o el principio; las paredes vacías, desnudas, ásperas y agresivas que podía escarbar o golpear pero no atravesar; la puerta permanentemente cerrada, invitándolo a cruzarla y a escapar pero, al mismo tiempo, gritándole que su lugar estaba adentro y no afuera; y por supuesto, aquella pequeña ventana a través de la cual sorbía unas pequeñas migajas de alivio cada tanto, y que le seguía recordando que más allá de sus manos extendidas continuaba el mundo.

Mundo era una hermosa palabra. Cinco letras que podían expresar un universo completo o todo eso que podía caber en su puño cerrado o en esas cuatro paredes.

+
x
+
Por primera vez en muchísimo tiempo, volvió sobre sus pasos y se asomó otra vez a la ventana. Era algo que no acostumbraba hacer, se había racionado aquella bocanada de aire fresco de la misma manera y con la misma terquedad racional con que distribuía los cigarrillos o las barras de chocolate. No había ninguna razón específica para hacerlo porque la ventana siempre estaba allí y era inacabable, pero temía que después de permanecer demasiado tiempo contemplando lo que le estaba negado, alguna clase de resorte interior podía fallar y su equilibrio personal quedaría sostenido por un endeble hilo de cordura.

Sus ojos, acostumbrados a la semipenumbra del interior, tardaron unos segundo en amoldarse a la claridad deslumbrante de la tarde. Un pequeño pájaro, asustadizo y etéreo como el aire cálido de aquel día, intentó posarse en el cable negro y gordo que atravesaba la calle cruzando la plaza. El pájaro bailoteó un par de veces sobre aquella superficie delgada y resbaladiza y por fin se dio por vencido y desapareció de su vista.

Hacía muchos días que no se asomaba para ver la pequeña plaza que se alargaba al costado de la avenida y que terminaba apenas un poco más allá, chocando contra los edificios de departamentos y extendiendo su lengua de árboles a través de las angostas calles vecinas.

Era difícil ver chicos jugando entre sus desvencijadas toboganes y hamacas, pero ese día parecía ser particularmente especial, porque como nunca, la plaza estaba llena de gritos corriéndose unos a otros a través de los canteros amarillentos, representando alguna clase de espectáculo al cual sólo él, estaba invitado pero, por mucho que se esforzaba, no lograba llegar comprender el argumento y sólo lo percibía como una burla despiadada.

Se retiró asqueado. Si hubiera podido, habría corrido a través de la calle y les habría gritado que terminaran de una vez con aquella parodia lastimosa. Pateó el suelo con disgusto.
x
Por primera vez en muchísimo tiempo, volvió sobre sus pasos y se asomó otra vez a la ventana. Era algo que no acostumbraba hacer, se había racionado aquella bocanada de aire fresco de la misma manera y con la misma terquedad racional con que distribuía los cigarrillos o las barras de chocolate. No había ninguna razón específica para hacerlo porque la ventana siempre estaba allí y era inacabable, pero temía que después de permanecer demasiado tiempo contemplando lo que le estaba negado, alguna clase de resorte interior podía fallar y su equilibrio personal quedaría sostenido por un endeble hilo de cordura.

Sus ojos, acostumbrados a la semipenumbra del interior, tardaron unos segundo en amoldarse a la claridad deslumbrante de la tarde. Un pequeño pájaro, asustadizo y etéreo como el aire cálido de aquel día, intentó posarse en el cable negro y gordo que atravesaba la calle cruzando la plaza. El pájaro bailoteó un par de veces sobre aquella superficie delgada y resbaladiza y por fin se dio por vencido y desapareció de su vista.

Hacía muchos días que no se asomaba para ver la pequeña plaza que se alargaba al costado de la avenida y que terminaba apenas un poco más allá, chocando contra los edificios de departamentos y extendiendo su lengua de árboles a través de las angostas calles vecinas.

Era difícil ver chicos jugando entre sus desvencijadas toboganes y hamacas, pero ese día parecía ser particularmente especial, porque como nunca, la plaza estaba llena de gritos corriéndose unos a otros a través de los canteros amarillentos, representando alguna clase de espectáculo al cual sólo él, estaba invitado pero, por mucho que se esforzaba, no lograba llegar comprender el argumento y sólo lo percibía como una burla despiadada.

Se retiró asqueado. Si hubiera podido, habría corrido a través de la calle y les habría gritado que terminaran de una vez con aquella parodia lastimosa. Pateó el suelo con disgusto.
+
Le tomó varios minutos comprender que aquella ventana era una fina línea que separaba la locura de la cordura y que aquel racionamiento que se había autoimpuesto, no era en vano. Por primera vez había cruzado la línea y en el otro lado habitaba un animal hambriento, listo para clavarle sus garras afiladas y destrozarle la precaria piel que apenas alcanzaba para protegerlo del frío y del calor.
x
Le tomó varios minutos comprender que aquella ventana era una fina línea que separaba la locura de la cordura y que aquel racionamiento que se había autoimpuesto, no era en vano. Por primera vez había cruzado la línea y en el otro lado habitaba un animal hambriento, listo para clavarle sus garras afiladas y destrozarle la precaria piel que apenas alcanzaba para protegerlo del frío y del calor.
+
Se alejó unos pasos y se apoyó en la pared opuesta. Estaba seguro que tarde o temprano, el mundo y todos sus peligros volverían a introducirse en su pequeña tranquilidad y alguna vez, inevitablemente, terminarían por subírsele a la espalda y lo arrojarían inerme, atado de pies y manos a una desesperación que tendría mucho de impotencia, de frustración y de fracaso.

Tuvo que alzar la vista para contemplar nuevamente a su implacable enemigo, a lo único que le recordaba que más allá de la punta de sus dedos, había algo que podía causarle alegría y tristeza y tal vez acabar con su alivio.

El cielo permanecía gris y las nubes se desflecaban indolentemente contra el fondo plomizo. Un leve viento presagiaba la tormenta, así que no se sorprendió cuando unos minutos después todo comenzó a teñirse de oscuridad. Había llegado al límite de sus fuerzas y sus lágrimas le impidieron ver la lluvia que se descargó sobre la ciudad con su manto de alivio; ni a la gente corriendo en la calle huyendo del chaparrón repentino; ni a las estrellas que aparecieron rebeldes, abriéndose paso entre los hilos blanco; ni a la oscuridad de la noche doblegando la luz del sol; ni al cielo limpio, cortado por las rejas de aquella ventana que era la única comunicación entre la cárcel y el mundo que lo había negado y le había impuesto un castigo por algo que ya no recordaba y que suponía que no tenía la más mínima importancia.
x
Se alejó unos pasos y se apoyó en la pared opuesta. Estaba seguro que tarde o temprano, el mundo y todos sus peligros volverían a introducirse en su pequeña tranquilidad y alguna vez, inevitablemente, terminarían por subírsele a la espalda y lo arrojarían inerme, atado de pies y manos a una desesperación que tendría mucho de impotencia, de frustración y de fracaso.

Tuvo que alzar la vista para contemplar nuevamente a su implacable enemigo, a lo único que le recordaba que más allá de la punta de sus dedos, había algo que podía causarle alegría y tristeza y tal vez acabar con su alivio.

El cielo permanecía gris y las nubes se desflecaban indolentemente contra el fondo plomizo. Un leve viento presagiaba la tormenta, así que no se sorprendió cuando unos minutos después todo comenzó a teñirse de oscuridad. Había llegado al límite de sus fuerzas y sus lágrimas le impidieron ver la lluvia que se descargó sobre la ciudad con su manto de alivio; ni a la gente corriendo en la calle huyendo del chaparrón repentino; ni a las estrellas que aparecieron rebeldes, abriéndose paso entre los hilos blanco; ni a la oscuridad de la noche doblegando la luz del sol; ni al cielo limpio, cortado por las rejas de aquella ventana que era la única comunicación entre la cárcel y el mundo que lo había negado y le había impuesto un castigo por algo que ya no recordaba y que suponía que no tenía la más mínima importancia.