Sin esperanzas (Fragmentos)

Cada mañana, al despertar, el único sonido que escucho es el inefable ronroneo del reloj que pende sobre mi cabeza.

Ninguna voz viene a saludarme, ninguna mano cálida me da la bienvenida a otro sol, a otra luna, a una nueva repetición de esto llamado vida.

Por más que me esfuerce en recordar, jamás este largo derivar del calendario se ha hecho tan riesgoso y vacío como ahora.

Y es que de nada sirven mis ruegos ni mis gritos, la ayuda que busco no está más acá del cielo, si no que yace dormida en lo profundo de la memoria.

Son señales de auxilio que arrojo hacia el pasado, a un tiempo de infancia y de castillos de arena o a un amor que jamás supo de mi existencia.

Los domingos pasan, los días me van dejando su gusto, cada vez más amargo; la música parece seguir siendo siempre la misma y sin embargo, hay notas que suenan un poco distintas, como si el verano sólo fuese otra esquina lejana y esta ciudad acariciara las estrellas con sus dedos flacos.

Si el pecado tiene una condena, no sé cuál habrá sido el mío para merecer semejante destino, pero sin duda debe pesar mucho en la balanza.

Y ahora no hay Dios ni Diablo que puedan rescatarme porque no existe redención ni alivio cuando ya ni quedan esperanzas.

Creo que lo único que puedo decir es esto que me surge de la piel y me rodea.

¿Por qué habrá otro día si no hay otro amanecer?

Sin esperanzas (Fragmentos)

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Cada mañana, al despertar, el único sonido que escucho es el inefable ronroneo del reloj que pende sobre mi cabeza.

Ninguna voz viene a saludarme, ninguna mano cálida me da la bienvenida a otro sol, a otra luna, a una nueva repetición de esto llamado vida.

Por más que me esfuerce en recordar, jamás este largo derivar del calendario se ha hecho tan riesgoso y vacío como ahora.

Y es que de nada sirven mis ruegos ni mis gritos, la ayuda que busco no está más acá del cielo, si no que yace dormida en lo profundo de la memoria.

Son señales de auxilio que arrojo hacia el pasado, a un tiempo de infancia y de castillos de arena o a un amor que jamás supo de mi existencia.

Los domingos pasan, los días me van dejando su gusto, cada vez más amargo; la música parece seguir siendo siempre la misma y sin embargo, hay notas que suenan un poco distintas, como si el verano sólo fuese otra esquina lejana y esta ciudad acariciara las estrellas con sus dedos flacos.

Si el pecado tiene una condena, no sé cuál habrá sido el mío para merecer semejante destino, pero sin duda debe pesar mucho en la balanza.

Y ahora no hay Dios ni Diablo que puedan rescatarme porque no existe redención ni alivio cuando ya ni quedan esperanzas.

Creo que lo único que puedo decir es esto que me surge de la piel y me rodea.

¿Por qué habrá otro día si no hay otro amanecer?

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La fiesta era para todos
guirnaldas de flores en las puertas
bailes en las esquinas
alegría
hasta que el río invadió sus orillas
y el milagro se volvió contra nosotros.
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La fiesta era para todos
guirnaldas de flores en las puertas
bailes en las esquinas
alegría
hasta que el río invadió sus orillas
y el milagro se volvió contra nosotros.
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Apenas unos chicos
jugando entre las piedras de la calle
infancia solitaria
sus caras observando la tormenta que se aproxima
y el grito que se escucha es sólo el silencio.

Los días ya no cuentan
las noches se restan una a una
poco a poco
el infierno cambia de estado
y es demasiado tarde para perdonar a Dios.
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Apenas unos chicos
jugando entre las piedras de la calle
infancia solitaria
sus caras observando la tormenta que se aproxima
y el grito que se escucha es sólo el silencio.

Los días ya no cuentan
las noches se restan una a una
poco a poco
el infierno cambia de estado
y es demasiado tarde para perdonar a Dios.

Una noche en un lugar

Caminaba en medio de la noche.

Oscura. Desierta.

Nadie que lo mirara. Nadie que le preguntara su nombre, su edad, su procedencia.

Un árbol, dos, tres, una línea de árboles que se extendía hacia lo lejos, cortada por negros cables de electricidad. Líneas paralelas. Charcos en el centro de la calle. Migajas de pan que lo guiaban hacia alguna parte.

Una procesión de paisajes helados. Viejas fotografías como esa calle desolada.

Pensó varias veces en una mujer. Era bonita y elegante, suave y triste, igual que esa noche.

Volvió atrás unos pasos, sólo los suficientes como para sentir latir sus sienes ¿Cómo podría ser aquello? ¿Morir?

De pronto, el grito de una sirena atravesó el aire y se acurrucó junto a una puerta. La sirena calló pero el pecho seguía humedeciéndose por aquella vida que huía a borbotones. Sangre que se escapaba. Recuerdos de una marquesina rota, de un paso mal calculado, de un roce en el hombro, de la respuesta instintiva de la mano sobre el brillo del acero prolongándose en los dedos, de la mirada vacía del policía balbuceando desde el suelo con la garganta abierta como una flor, del cuchillo que ya no brillaba. Recuerdos de un insecto de acero penetrándolo, destrozándolo y correr, correr, correr. Y luego la ciudad, las luces, las sombras, las puertas cerradas.

Llegó a una plaza trastabillando. Una luz insistente tapaba la copa de los árboles y no dejaba ver nada. En el centro, una fuente con dos inmensos chorros estallaban en el espejo de agua. Se agachó sobre el borde y metió la mano aún aferrando el cuchillo, luego el brazo, después el hombro, la cara, una ardiente sensación de vacío lo invadió, refrescándolo. Casi no lograban verse las lágrimas.

Nadie podía verlas, sólo esa mujer hermosa que estiraba hacia él sus brazos de leche, tratando de acariciarlo desde el fondo de la fuente.

Cerró los ojos porque quería retener esa imagen. La mujer seguía allí, llamándolo con su voz tranquila. Pensó en ella, en su boca ancha y fresca, en sus palabras un poco ahogadas, un poco angustiosas; en sus piernas firmes y seguras, en su cuerpo ágil, casi joven, casi alegre, casi suyo. Pensó en ella un largo rato, horas, segundos, todo era ella pero también era las caras que lo veían correr, alejándose de la muerte reflejada en los vidrios rotos.

La mañana amenazaba detrás del horizonte y la mujer aún seguía llamándolo desde el otro lado.

Intentó levantarse y cayó. Una vez, dos, tres. Murmuró algo así como “mamá”, y el agua se abrió para recibirlo.

Ese día cumplía doce años. Él nunca lo supo.

Una noche en un lugar

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Caminaba en medio de la noche.

Oscura. Desierta.

Nadie que lo mirara. Nadie que le preguntara su nombre, su edad, su procedencia.

Un árbol, dos, tres, una línea de árboles que se extendía hacia lo lejos, cortada por negros cables de electricidad. Líneas paralelas. Charcos en el centro de la calle. Migajas de pan que lo guiaban hacia alguna parte.

Una procesión de paisajes helados. Viejas fotografías como esa calle desolada.

Pensó varias veces en una mujer. Era bonita y elegante, suave y triste, igual que esa noche.

Volvió atrás unos pasos, sólo los suficientes como para sentir latir sus sienes ¿Cómo podría ser aquello? ¿Morir?

De pronto, el grito de una sirena atravesó el aire y se acurrucó junto a una puerta. La sirena calló pero el pecho seguía humedeciéndose por aquella vida que huía a borbotones. Sangre que se escapaba. Recuerdos de una marquesina rota, de un paso mal calculado, de un roce en el hombro, de la respuesta instintiva de la mano sobre el brillo del acero prolongándose en los dedos, de la mirada vacía del policía balbuceando desde el suelo con la garganta abierta como una flor, del cuchillo que ya no brillaba. Recuerdos de un insecto de acero penetrándolo, destrozándolo y correr, correr, correr. Y luego la ciudad, las luces, las sombras, las puertas cerradas.

Llegó a una plaza trastabillando. Una luz insistente tapaba la copa de los árboles y no dejaba ver nada. En el centro, una fuente con dos inmensos chorros estallaban en el espejo de agua. Se agachó sobre el borde y metió la mano aún aferrando el cuchillo, luego el brazo, después el hombro, la cara, una ardiente sensación de vacío lo invadió, refrescándolo. Casi no lograban verse las lágrimas.

Nadie podía verlas, sólo esa mujer hermosa que estiraba hacia él sus brazos de leche, tratando de acariciarlo desde el fondo de la fuente.

Cerró los ojos porque quería retener esa imagen. La mujer seguía allí, llamándolo con su voz tranquila. Pensó en ella, en su boca ancha y fresca, en sus palabras un poco ahogadas, un poco angustiosas; en sus piernas firmes y seguras, en su cuerpo ágil, casi joven, casi alegre, casi suyo. Pensó en ella un largo rato, horas, segundos, todo era ella pero también era las caras que lo veían correr, alejándose de la muerte reflejada en los vidrios rotos.

La mañana amenazaba detrás del horizonte y la mujer aún seguía llamándolo desde el otro lado.

Intentó levantarse y cayó. Una vez, dos, tres. Murmuró algo así como “mamá”, y el agua se abrió para recibirlo.

Ese día cumplía doce años. Él nunca lo supo.

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Ni el Cielo ni el Infierno, si existen, pueden nada contra esta brutalidad que me impusieron.

Antonin Artaud

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Ni el Cielo ni el Infierno, si existen, pueden nada contra esta brutalidad que me impusieron.

Antonin Artaud

Esos años estos años

Los años pasan y se encorvan en la espalda sumando su sangre a la nuestra. Años que cuelgan como enredaderas polvorientas. Que deshacen ilusiones. Que transforman en nada esos días que alguna vez fueron importantes.

Y los años pasan y el reloj no espera y el tic-tac es implacable aunque aún haya muchas horas esperando ahogarnos.

No hay vuelta atrás, nos aprietan el lazo, nos vuelven gris la piel y la carne deja de ser lo que era para convertirse en una pesada molestia.

Los años pasan arrojándonos toda su maldita carga cada vez que cerramos los ojos, dejándonos desnudos frente a la verdad de la almohada.

Y tal vez haya aún más años, esperando como buitres hambrientos, con las garras afiladas y los ojos alertas, olfateando a la muerte a la vuelta de cualquier esquina.

Los años pasan, ya cumplieron su misión, ya se enquistaron en la garganta, ya nos quebraron la voz, ya nos dejaron tan solos como el dia que nacimos.

Y el viento ya no sopla con la misma fuerza ¿el viento?, ¿qué es el viento? ¿acaso el aire turbio y el silbar de las ramas?

Y el sol que se empecina en seguir brillando ¿el sol?, ¿qué es el sol? ¿acaso algo más que el horizonte enloqueciendo de colores?

Uno tras otro, los años se van sumando y en el fondo del alma queda un sabor amargo.

Esos años estos años

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Los años pasan y se encorvan en la espalda sumando su sangre a la nuestra. Años que cuelgan como enredaderas polvorientas. Que deshacen ilusiones. Que transforman en nada esos días que alguna vez fueron importantes.

Y los años pasan y el reloj no espera y el tic-tac es implacable aunque aún haya muchas horas esperando ahogarnos.

No hay vuelta atrás, nos aprietan el lazo, nos vuelven gris la piel y la carne deja de ser lo que era para convertirse en una pesada molestia.

Los años pasan arrojándonos toda su maldita carga cada vez que cerramos los ojos, dejándonos desnudos frente a la verdad de la almohada.

Y tal vez haya aún más años, esperando como buitres hambrientos, con las garras afiladas y los ojos alertas, olfateando a la muerte a la vuelta de cualquier esquina.

Los años pasan, ya cumplieron su misión, ya se enquistaron en la garganta, ya nos quebraron la voz, ya nos dejaron tan solos como el dia que nacimos.

Y el viento ya no sopla con la misma fuerza ¿el viento?, ¿qué es el viento? ¿acaso el aire turbio y el silbar de las ramas?

Y el sol que se empecina en seguir brillando ¿el sol?, ¿qué es el sol? ¿acaso algo más que el horizonte enloqueciendo de colores?

Uno tras otro, los años se van sumando y en el fondo del alma queda un sabor amargo.

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Y el alba llega con su disimulado sopor y mañana ...
¿Qué es el mañana?
¿Acaso otra trampa disimulada de esperanza?
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Y el alba llega con su disimulado sopor y mañana ...
¿Qué es el mañana?
¿Acaso otra trampa disimulada de esperanza?
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Arlt

Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras. Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo (…)

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados (…)

El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora.

Roberto Arlt – Prólogo a Los lanzallamas (1931)

Arlt

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Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras. Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo (…)

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados (…)

El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora.

Roberto Arlt – Prólogo a Los lanzallamas (1931)

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Palabras que se suman una a una
palabras más palabras más palabras
arena que el mar dejó a un lado
palabras que imponen su dominio
palabras más palabras más palabras
una gota de sangre, un gesto humano
palabras que se alimentan por la noche
palabras más palabras más palabras
una caricia apresurada, un antiguo deleite.
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Palabras que se suman una a una
palabras más palabras más palabras
arena que el mar dejó a un lado
palabras que imponen su dominio
palabras más palabras más palabras
una gota de sangre, un gesto humano
palabras que se alimentan por la noche
palabras más palabras más palabras
una caricia apresurada, un antiguo deleite.
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La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.

Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.

Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías. Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.

¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre? ¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?

En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.

Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.

Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate

Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.

Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.

Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.

Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.

Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés. En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.

La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable "frau".

La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.

Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Ventanas iluminadas
Roberto Arlt - En la noche (Historias después de hora)

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La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.

Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.

Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías. Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.

¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre? ¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?

En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.

Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.

Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate

Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.

Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.

Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.

Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.

Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés. En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.

La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable "frau".

La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.

Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Ventanas iluminadas
Roberto Arlt - En la noche (Historias después de hora)

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Yo no se como escribo ni siquiera se si escribo
solo pongo en el papel, lo que observo,
cuando creo que pienso,
cuando creo que siento y cuando tengo ganas
de modelar, las estrellas que en mi mano están,
llenas de magia, de deseos de jugar ....
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Yo no se como escribo ni siquiera se si escribo
solo pongo en el papel, lo que observo,
cuando creo que pienso,
cuando creo que siento y cuando tengo ganas
de modelar, las estrellas que en mi mano están,
llenas de magia, de deseos de jugar ....

Benedetti

Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.

En este instante el odio no trabaja
para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño
que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido
por las malas y a veces por las buenas.

¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.

Hasta Mañana – Mario Benedetti.

Benedetti

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Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.

En este instante el odio no trabaja
para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño
que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido
por las malas y a veces por las buenas.

¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.

Hasta Mañana – Mario Benedetti.

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¿Y que le diremos cuando despierte? ¿Que su optimismo es nada más que una estrofa vacía? ¿Que el sueño sólo es una infinita pesadilla? ¿Que el futuro sigue siendo futuro y que ahora, nos toca a nosotros cerrar los ojos y esperar? Tal vez, mejor no decirle nada, seguramente, ya lo sabe ...
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¿Y que le diremos cuando despierte? ¿Que su optimismo es nada más que una estrofa vacía? ¿Que el sueño sólo es una infinita pesadilla? ¿Que el futuro sigue siendo futuro y que ahora, nos toca a nosotros cerrar los ojos y esperar? Tal vez, mejor no decirle nada, seguramente, ya lo sabe ...
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No hay ángeles
no hay dios
no hay cielo
no hay regreso
sin embargo
y sin duda
hay sueños como ángeles
hay miedos como dios
hay cielos como cielo
sin embargo
y sin duda
lo que no hay
es regreso.
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No hay ángeles
no hay dios
no hay cielo
no hay regreso
sin embargo
y sin duda
hay sueños como ángeles
hay miedos como dios
hay cielos como cielo
sin embargo
y sin duda
lo que no hay
es regreso.
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Me gustaría pensar que abre los ojos y descubre que era cierto, que es posible vivir de una manera diferente, que buscar la felicidad en las cosas pequeñas y seguir la huella que trazan las utopías permite darle sentido a lo vivido. Que la vida hay que vivirla como él lo hizo, con humildad y con el corazón jugado.
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Me gustaría pensar que abre los ojos y descubre que era cierto, que es posible vivir de una manera diferente, que buscar la felicidad en las cosas pequeñas y seguir la huella que trazan las utopías permite darle sentido a lo vivido. Que la vida hay que vivirla como él lo hizo, con humildad y con el corazón jugado.

Ciudad

Dolor dibujado en las paredes de ladrillo
revoques rotos, sueños tristes
carteles despeinando los colores
y ya que todo el amor te lo debo,
amor no te pido más.

Hay por ahí casi un río
un farol, una avenida, dos estrellas
iluminando el camino de los barcos cansados
que se deslizan morosamente a lo largo de los muelles
llenos de lana, de acero y de silencio.

Ciudad:
sós el sol saliendo entre la basura
y las flores marchita.

Ciudad:
sós el presagio de la tormenta
por eso me inclino y me humillo.

Tenés balcones por si quieren verte
y plazas y niños y globos flotando en la neblina
los abriga un cielo siempre gris
los arrulla algún pájaro que aún sobrevive
escondido en eso que alguna vez fue un árbol.

Confesá, vos también me odiás
aunque recién ahora te tengo ganas
cuando ya sós vieja, cuando ya te han usado tantos
cuando ya somos tan distintos
que casi no podemos reconocemos.

Ciudad:
no sé si pedírtelo o mandar todo al diablo
porque yo también tengo mis vergüenzas

Ciudad:
te debo la vida
que no te deba también la muerte.

ciudad 1 Ciudad

Ciudad

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Dolor dibujado en las paredes de ladrillo
revoques rotos, sueños tristes
carteles despeinando los colores
y ya que todo el amor te lo debo,
amor no te pido más.

Hay por ahí casi un río
un farol, una avenida, dos estrellas
iluminando el camino de los barcos cansados
que se deslizan morosamente a lo largo de los muelles
llenos de lana, de acero y de silencio.

Ciudad:
sós el sol saliendo entre la basura
y las flores marchita.

Ciudad:
sós el presagio de la tormenta
por eso me inclino y me humillo.

Tenés balcones por si quieren verte
y plazas y niños y globos flotando en la neblina
los abriga un cielo siempre gris
los arrulla algún pájaro que aún sobrevive
escondido en eso que alguna vez fue un árbol.

Confesá, vos también me odiás
aunque recién ahora te tengo ganas
cuando ya sós vieja, cuando ya te han usado tantos
cuando ya somos tan distintos
que casi no podemos reconocemos.

Ciudad:
no sé si pedírtelo o mandar todo al diablo
porque yo también tengo mis vergüenzas

Ciudad:
te debo la vida
que no te deba también la muerte.

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Cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar…
¡Te acordarás de este otario que un día, cansado, se puso a ladrar!
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Cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar…
¡Te acordarás de este otario que un día, cansado, se puso a ladrar!
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